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Espacios vacíos dentro de la transmisión oral Lúkúmí y Yoruba

Víctor Betancourt Estrada Omolofaoro, Ògúndá Ìwòrì10 min de lecturaArtículo 44 de 55
Retrato de Víctor Betancourt Estrada Omolofaoro, Ògúndá Ìwòrì

Mensaje para la reflexión.

La trata de esclavos yoruba, a partir del 1810 (1), fue realmente un negocio muy fructífero y además tardío con respecto a otros grupos étnicos del continente africano, que tempranamente fueron traídos a América. Por tal motivo, los tratantes negreros portugueses y españoles tomaban muy en cuenta las condiciones físicas de su mercancía humana. Los esclavos que arribaron a Cuba y América eran seleccionados, en primer orden, tomando en cuenta una perfecta salud física para ser vendidos a buen precio. En su mayoría, oscilaban entre los 14 y 19 años de edad. Muy pocos llegaron siendo adultos o de avanzada edad.

(1)Durante el período de tiempo comprendido entre el año 1810 y el 1856, ningún mercado proporcionó tan buenas oportunidades a los negreros como aquellos donde se embarcaban yorubas, tales como los de Wida, Lagos, Badagry y Porto Novo, de donde salieron grandes contingentes de yorubas para Cuba y Brasil. El Sistema Religioso de los Lucumís y otras Influencias Africanas en Cuba.. por Rómulo Lachatañeré. Año 1939.(cierre de cita).

Prueba de ello, es el siguiente relato propio de la memoria familiar: Contaba mi abuelo Domingo Miranda que: Justo Campos, su padrino, llegó a Cuba aproximadamente en el año 1860, en la última dotación de Tapa (Takua), a la edad de 14 años; según mi abuelo, el propio Justo fue quien le sirvió de comadrón a su madre Amelia Socarrás cuando él naciera, en el año 1904. También, como relato testimonial: mi padrino de Bantú, Julián Gonzáles (nacido en 1870), quien me inicio en el año 1971, me contó que el había sido iniciado en los servicios religiosos por el negro esclavo Nicolás gangá en el año 1897 y según le narró el propio Nicolás, llegó a Cuba a la edad de 18 años, no recordaba en que fecha. Además en el Libro “La Esclavitud desde la Esclavitud” de Gloria García aparecen ciertas referencias, también testimoniales, que demuestran la presencia joven dentro de la diáspora africana. A continuación haré breves reseñas de declaraciones realizadas por algunos esclavos demandando, ante la Corte esclavista, los maltratos y vejaciones a que eran sometidos:

1.- Declaración de Carlos prieto natural de Guinea, 22 años de edad, soltero (Pág. 91).

2.- Declaración de Damián Congo, 18 años, soltero (Pág. 124)

3.- Declaración de Jorge Lúkúmí, 22 años soltero (Pág. 191)

Otro de los testimonio dicen: el 4 de abril de 1862 el negro José Minas, esclavo de Don Bernardo Bravo, de 80 años, se queja por no concedérsele la libertad después de más de medio siglo de esclavitud. O sea, fue comprado por Don Bernardo alrededor de los veinte a treinta años de edad. Esta última evidencia constata que al encontrarnos un esclavo de avanzada edad, ya era esclavo desde su juventud, lo que evidencia que llegaron a Cuba a una temprana edad y envejecieron lejos de su tierra natal. En conclusión, el propio artículo 15 del Reglamento de Esclavos, promulgado el 14 de Noviembre de 1842 contribuía a la adquisición de esclavos de muy poco edad. Este artículo exponía: “Los esclavos que por su avanzada edad o por enfermarse no se hallen en estado de trabajar, deberán ser alimentados por los dueños, y no podrán concedérseles la libertad para descargarse de ellos a no ser que les provean de peculio suficiente a satisfacción de la justicia...”

Evidentemente, ningún esclavista se atrevería a correr tal riesgo y aventurarse en la compra de esclavos de avanzada edad por los motivos de la ley anterior. Solamente en aislados casos excepcionales. La mayoría de nuestros bisabuelos alcanzaron su mayoría de edad en Cuba. Los pocos ancianos yorubas que arribaron venían, generalmente, ya siendo esclavos o libertos, de otras colonias de América o Europa y, muy pocos de África, según relatan nuestros abuelos criollos. Con respecto a los bisabuelos de origen yoruba, no pudieron haber llegado muy ancianos puesto que muchos no hubieran llegados a ser conocidos a principios del siglo pasado (siglo XX) como demuestra la historia popular afrocubana.

Ahora bien, desde el año 1820, fecha que señala la completa decadencia de los yorubas, hasta el 1865 fecha que a su vez indica la ruina del contrabando de negros, solamente transcurrieron 45 años, de la entrada de la mayor parte de nuestras tradiciones de los yorubas. Dentro de la tradición ancestral yoruba, se establecía que los elegidos para ser iniciados en Ifá tenían que, a partir de los siete años de edad, comenzar un entrenamiento sistemático religioso en casa de su Ojugbona (maestro), durante un período de siete años. La educación no consistía en un programa de estudios literarios si no se basaba en la observación y la imitación.

Estos infantes eran sometidos a exámenes rigurosos, con cierto de nivel de requerimiento, al cumplir el período de instrucción (a los 14 años) y, en ese momento, se comprobaba si estaban aptos para ser iniciados dentro del Ifismo. La correcta ejecución del oficio religioso era de suma importancia para la graduación. Si lograban vencer las exigencias de su Ojugbona, eran iniciados. Luego tenían que desempeñar la función de ayudante en casa de un Olúwo (adivino mayor), durante otros siete años, para allí recibir la segunda etapa del entrenamiento, intrínsecamente en las prácticas adivinatorias y ritualistas. Posteriormente, según su capacidad y adiestramiento, podían establecer su propio despacho religioso. Se supone que la mayoría de los bozales yorubas seguidores de la tradición yoruba, que llegaron a América, estaban dentro del período de instrucción o recién iniciados en el Ifismo o en la Òşà.

Sumado a este gravamen socio cultural sucedió también, que los yorubas perdieron gran parte de su cultura y no escaparon al deterioro de la misma. A partir del 1702, la unidad yoruba flaquea por circunstancias políticas interiores y sobre todo, por la entrada en el escenario de las tribus hamito-negroides Hausa y Fulanis. Entrando los yorubas en un proceso de desintegración y dispersión. Fueron eliminados muchos de ellos, en los sacrificios religiosos, durante el imperio del rey dahomeyano Adosan (alrededor del 1818). La mayoría hombres, por el carácter polígamo de los africanos.

Aquellos que pudieron escapar a sus crueldades se refugiaron en otros países y otros se suicidaron; provocando dicho evento histórico, un amplio período de silencio y de un colapso de las tradiciones religiosas. Por lo tanto, las enseñanzas y tradiciones que transfirieron, en cierta medida, se instituyeron con algunos espacios vacíos, conceptualmente y ritualmente. Sumado a ello, es un absurdo pensar que toda una Cultura, con un corpus filosófico tan extenso como la Yoruba (que se constituye por más de 100 grupos étnicos con sus correspondientes dialectos), haya llegado completa a occidente en manos de las legiones de jóvenes que atracaron con la esclavitud.

En los espacios vacíos entran las 176 restantes divinidades del panteón yoruba que no llegaron a Cuba con la esclavitud. Solamente llegaron 24 de ellas. Hay muchas divinidades que se relacionan espiritual y ceremonialmente. Por lo que quedan espacios vacíos en los rituales de alguna de ellas por falta de la divinidad consonante.

La presencia de estos espacios se hace notable, significativamente, en la mayoría de los componentes rituales. Serían tantos, los ejemplos demostrativos, que no alcanzaría este material para enumerarlos, pero si es de reconocer el deterioro que originan en el desarrollo de la mayoría de los rituales y el daño que provoca en las razones básicas de la existencia de esta tradición.

Esto no quiere decir que no contemos con una tradición rica en valores tradicionales. Lo que tratamos en este material es de lo que nos falta y que necesariamente engrosaría lo que ya tenemos.

No obstante, la rica, aunque incompleta, tradición que poseemos se la debemos, en gran medida, a las mujeres yorubas que arribaron en el éxodo. Ellas lograron sobrevivir, más que los hombres, a las masacres que se produjeron durante los acontecimientos históricos mencionados. Además, se reconoce en la historia popular que, en los últimos años de la trata arribaron, directo de África, aisladas personas de mediana o avanzada edad, las cuales eran mujeres. Este hecho se produjo a partir de que muchas esposas de hacendados, en la época de la colonia, exigían la compra de esclavas de una edad madura y a veces, de avanzada edad, que tuvieran gran experiencia en los menesteres del hogar y también, tomaban en cuenta su estado de salud para no perder, prematuramente, su valioso producto humano. Muchas señoras de la época pretendían con ello, evitar las depravaciones que ocurrían, muy a menudo, entre hacendados y esclavas jóvenes (2).

(Cita 2) Denuncia de Juana Venezuela, la Habana 6 de octubre de 1864.....“De edad de 14 años hasta hoy mi amo se caso conmigo, tuve un hijo con él y me ofreció la libertad; yo le he ayudado a fabricar una casa con mis jornales, le he dado lotería que me he sacado, que hoy me las niega, le hacía velas en su velería, porque tiene dinero”.....ANC: Gobierno superior Civil 1056/37631. (Cierre de cita)

Esta situación generó una mayor tradición oral dictada por las mujeres y la posible introducción, dentro de la servidumbre colonial, de mujeres Ìyáonifa (iniciadas en Ifá). Muchas de estas mujeres, de origen yoruba, expresaban que eran adivinas o princesas (Existen muchos relatos, dentro del acervo histórico popular, como constancia de ello). Quizás nunca utilizaron la palabra Ìyáonifá pero podemos suponer que algunas, de esas iniciadas, arribaron a América y de hecho a Cuba. Es juicioso considerar que, sí en los pueblos yorubas se iniciaban a las mujeres en el Ifismo, ellas tuvieron que, de una forma u otra, haber formado parte de la diáspora. Es un hecho incuestionable que las mujeres se destacaron durante el período que comprende finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Fueron reconocidas muchas de ellas como Ma Montserrat, Fermina Gómez, Latuan, María Towá, entre otras. Esta última fue considerada, históricamente, como la reina de los Lúkúmí. Ella fue en ese tiempo la única Lúkúmí que podía leer y escribir.

Se conocen, dentro del ámbito religioso de principios de República, muchas mujeres que lideraban ceremonias, iniciaciones y entregas de divinidades, lo que hoy representa un tabú para las mujeres contemporáneas. Fue Má Montserrat, de Matanzas, quien entregó el primer Odua a un Bàbálawo de la Habana (Pedro Pablo Pérez Ogbèyonu). Esta labor la continuó la conocida Olóşà Cuca Odúa. Fue Ferminita Gómez quien difundió el culto a Olókun en casi toda Cuba. Fue Latuan la que dictó la mayor parte de la narrativa de Òşà e Ifá en Cuba.

En nuestro país, las mujeres se destacaron como en el antiguo pueblo yoruba donde, luego de la dispersión histórica, se fortalecieron las sociedades femeninas de Eleko, Òrìşà Oko, Gèlèdé, así como las mujeres adivinas conocidas como Ìyáonifa, entre otras, y se acentúo, primordialmente, la presencia de las Yèyé, ancianas consejeras de la comunidad que hasta hoy nos llegan sus reseñas insertadas en nuestros cantos e invocaciones.

Conclusión: Aunque se reconozca el rico legado recibido por los yorubas, y especialmente por las mujeres, no se puede completar una transferencia cultural en solo 45 años, ni a través de aislados reencuentros familiares, que se produjeron a principios del siglo pasado, entre los descendientes de esclavos yorubas y sus familiares en Nigeria. Otros sistemas culturales de la antigüedad les fué tomado más de un milenio en lograr una aculturación y un asentamiento casi completo de sus tradiciones.

Solamente se pueden restaurar estos vacíos mediante el intercambio de los fundamentos esotéricos y no socioculturales. No se trata de adoptar nuevas formas culturales sino rescatar los valores más esenciales que contribuyan a resolver nuestras primeras necesidades.

Es justo, necesario, oportuno y merecible para los que nos mantuvimos en la resistencia bajo la marginación, asumir el derecho de preservar nuestras mas puras tradiciones y el reencuentro con nuestra genealogía. Restableciendo la dispersión étnica de una misma familia, restablecemos nuestra tradición. De esto se deduce lo importante del intercambio cultural entre afrocubanos y yorubas actuales y la necesidad de continuar la obra que las divinidades comenzaron con el derrumbe de Oyo. A una gran parte no les preocupa por ser conservadores; a otros tantos les conviene dejar todo como está porque la Nueva Santería, es más vendible y rentable; a muy pocos le es imprescindible la reforma para así, resolver sus problemas más esenciales.

Por supuesto que, no fue el gravamen europeo y eclesiástico el motivo del éxodo africano, la diáspora fue concebida por las divinidades africanas, según relata una leyenda del Odù menor Òşé logbè que explica el derrumbe de Oyo y la necesidad de la extensión del pensamiento y la cultura tradicional yoruba por el resto del mundo. De hecho estos jóvenes que arribaron a América, fueron preconcebidos por el cielo. Esos lozanos esclavos, ávidos de transmitir las pocas y limitadas enseñanzas recibidas, fueron el baluarte fundamental de la introducción en occidente de lo que conocemos y hemos legado. De hecho se considera un mérito y evento trascendental en la historia de la evolución humana. De ahí que tratamos de eternizar la palabra Lúkúmí con la cual fueron designados y nos corresponde a nosotros completar la obra que ellos comenzaron.

Víctor Betancourt Awo Òrúnmìlà Ọmọlófaoró.

Lider de la Casa Templo Ifa Ìranlówo.

AutorVíctor Betancourt Estrada Omolofaoro, Ògúndá Ìwòrì

Maestro y autor de esta colección homenaje. Texto publicado con autorización.